Más que la declaración de independencia, el 5 de julio de 1811 es el inicio de la plena soberanía venezolana. Se impuso tras diez años de guerra, doscientos mil muertos y la destrucción casi total del país. Doscientos quince años después, nuestra soberanía está secuestrada por los EE. UU., tutelando un gobierno interino.
No podemos reaccionar militarmente, como lo hicimos en los gloriosos días de la independencia. Solo queda rememorar como lección histórica, el furor del 19 de abril de 1810 cuando comenzamos a forjar nuestra propia soberanía. En ese momento se produjo en Caracas una protesta popular, cívica, pacifica, institucional y moralmente legítima, solicitando ¡cabildo!, lo que hoy equivale a: ¡elecciones ya!
El pueblo aglomerado en las calles invocó el tema de la soberanía y solicitó a viva voz una solución urgente ante la ausencia del rey cautivo, luego de la invasión napoleónica a España en 1808. Y, además, por la disolución de la Junta de Sevilla en enero de 1810 (Junta Central Suprema y Gubernativa del Reino), organismo garante de la representatividad del rey ausente.
Ante el vacío de poder, sin rey y sin junta, la soberanía regresa a manos del pueblo por «derecho natural» quien la ejerce exigiendo un «cabildo extraordinario» para suplir las enunciadas faltas. Por eso se formó el tumulto frente al “muy ilustre Ayuntamiento”, corporación donde reside el pacto social del rey con sus súbditos.
Fue un acto político apegado a las normas parlamentarias y al libre albedrío de los cabildantes. Se formó una Junta Gubernativa que asumió poderes interinos y el ejercicio de la soberanía. No intentó quedarse en el poder. Convocó elecciones para elegir diputados en las siete provincias que siguieron los pasos de Caracas y una vez elegidos, se reunieron en Congreso el 2 de marzo de 1811 y juraron fidelidad al rey según la letra del Acta del 19 de abril de 1810. Acto seguido, la Junta se disolvió.
El 5 de julio de 1811, los diputados en asamblea rompen el juramento, declaran la independencia de Venezuela y, en ese preciso momento, asumieron la soberanía legítima que el pueblo les legó en las elecciones. Ese paso nos condujo a una guerra de exterminio hasta el 24 de junio de 1821, cuando en el Campo de Carabobo alcanzamos la libertad del dominio español.
Aun así, no fuimos soberanos. El triunfo en la guerra de independencia nos convirtió en una «sección» adscrita a la República de Colombia, el proyecto de integración instituido en Angostura 1819 y confirmado en Cúcuta 1821, para unir la antigua Capitanía General de Venezuela con el virreinato de Nueva Granada.
Al cabo de diez años, el proyecto colombiano fracasó y Venezuela se separó y convocó su propio Congreso Constituyente en 1830, para dar forma definitiva a la República de Venezuela y asumir por fin, la plena soberanía.
Al principio funcionó bien la democracia de la época y la soberanía del pueblo. El 2 de enero de 1831 se celebraron elecciones en las juntas parroquiales, municipales y provinciales de todo el territorio nacional, para elegir al Presidente y Vicepresidente de la República, al Congreso Nacional, Diputaciones Provinciales, Gobernadores de Provincias, miembros de los Cabildos y Jueces de Paz.
Resultó electo como presidente el Gral. José Antonio Páez quien gobernó cuatro años y entregó el poder a su sucesor el Dr. José María Vargas, civil opositor al gobierno ganador de las elecciones realizadas en 1834. Pero a los cinco meses de haber tomado posesión de su cargo, el Dr. Vargas fue derrocado por el primer golpe militar de la historia nacional. Allí comenzó el difícil tránsito de la soberanía venezolana.
Desde entonces el ejercicio de la soberanía se vio afectado por «revoluciones», gobiernos autócratas, deuda externa y corrupción. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el Estado contrajo una inmensa deuda externa a través de empréstitos a potencias europeas, que en 1902 provocaron un bloqueo marítimo a las costas venezolanas, al negarse el dictador de turno, Cipriano Castro, a reconocer los compromisos adquiridos. Quedó mancillada la soberanía nacional.
En los primeros treinta y cinco años del siglo XX la soberanía fue ejercida en forma arbitraria y despótica por Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. No hubo soberanía popular, el Gral. Gómez administró a Venezuela desde 1908 como una hacienda agregada a sus muchas propiedades, aunque pagó la deuda externa en 1930.
En los diez años posteriores a su muerte, en la apertura democrática de Eleazar López Contreras e Isaías Medina Angarita, se buscó normalizar lo relativo a la soberanía popular, llamando a elecciones de segundo grado. Pero en 1945 un nuevo golpe militar derroca a Medina e instaura una junta cívico-militar.
En lo esencial, no fue una dictadura. Rómulo Betancourt, el civil que presidió la junta, llamó a la instalación de un Congreso Constituyente en 1947 y convocó las elecciones más democráticas realizadas hasta ese momento, con participación de la mujer y el voto directo y secreto de los venezolanos mayores de 18 años, sin excepción.
Resultó electo Rómulo Gallegos, destacado intelectual, escritor, estadista y curtido burócrata. Sin embargo, a pesar de sus innegables credenciales, Gallegos solo gobernó nueve meses. De nuevo la soberanía del pueblo fue pisoteada por militares ambiciosos que sumieron a Venezuela en una obscura etapa de persecuciones, coacción de las libertades democráticas y violación de los derechos humanos.
Al cabo de una década, en el curso de una huelga popular, cayó el gobierno del Gral. Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958 mediante un golpe militar. Comenzó el periodo democrático y se restituyó la soberanía popular que durante cuarenta años se expresó cada quinquenio en las urnas electorales.
El sistema democrático iniciado en 1959 tuvo como aval el «Pacto de Punto Fijo» y la explotación petrolera que promediaba un millón de barriles diarios, para una población menor a ocho millones de habitantes en 1961. En el transcurso de la vida democrática la producción petrolera tuvo alzas superiores a tres millones de barriles diarios mientras la población se triplicó en solo treinta años.
No obstante, no alcanzó las expectativas sociales esperadas. La corrupción en todos los niveles de gobierno diezmó las instituciones democráticas e impidió superar el Estado rentista y derrochador. Cuarenta años después, Venezuela estaba en pie, pero había un ambiente de hastío, escepticismo y abstención electoral. Por ello en 1999 llegó al poder un líder izquierdista militar golpista, quien inició la revolución bolivariana. Tras su muerte en 2012, se aceleró la destrucción total del país, la crisis humanitaria y la migración de ocho millones de venezolanos.
La soberanía venezolana expresó de nuevo su dignidad popular en la jornada histórica del 28 de julio de 2024. Pero el intento de recuperar la soberanía se frustró y entre otras consecuencias, causó la intervención militar norteamericana. Nadie sabe cuánto tiempo durará el tutelaje y sus tres fases. Los venezolanos exigimos que los EE. UU. propicie elecciones democráticas, hagamos convenios exclusivos de explotación petrolera de largo plazo y nos devuelva la soberanía lograda el 5 de julio de 1811. [email protected]
