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Los Autonautas del Atlántico: Navegando un sueño de cuatro ruedas

Foto: AUTONAUTI

Hay historias que desafían la lógica de los mapas y se adentran en el territorio de lo imposible. El 17 de agosto de 1999, en la inmensidad del océano Atlántico, a unos 1.200 kilómetros de las costas de Barbados, la tripulación de un gigantesco petrolero vislumbró una escena desconcertante. Sobre las aguas, meciéndose al ritmo de las olas, avanzaban dos pequeños automóviles a la deriva: un Volkswagen Passat y un Ford Taunus. Sentados sobre los techos, bajo un sol implacable, dos jóvenes italianos saludaban con naturalidad.

El capitán del carguero, atónito, se acercó para entender qué clase de embarcación era aquella. Cuando les preguntó por la naturaleza de su nave, los muchachos respondieron con una sonrisa, casi sin saber qué matrícula otorgarle a un coche convertido en balsa. Aquel encuentro en alta mar era el punto culminante de una travesía titánica que había comenzado casi cuatro meses atrás en las Islas Canarias. Sus nombres: Marco Amoretti, de 23 años, y Marco de Candia, de 21. Pero detrás de esa aparente locura juvenil latía un motor mucho más poderoso que cualquier propulsor mecánico: una promesa de amor filial y un legado familiar imperecedero.

La génesis de un sueño imposible

Para comprender esta travesía hay que remontarse a la figura de Giorgio Amoretti, padre de Marco. Fotoperiodista, aventurero y espíritu radical, Giorgio había desafiado los convencionalismos de su época. En su juventud, sus hazañas —como cruzar el desierto del Sáhara en un paracaídas remolcado por un automóvil— ocuparon las páginas de revistas internacionales. Para sus hijos, era una suerte de superhéroe moderno.

Sin embargo, el verdadero motor de la vida de Giorgio era el activismo social. En los años setenta, en una Italia que apenas comenzaba a debatirlo, luchó fervientemente por los derechos de las madres de familia, defendiendo que el Estado debía remunerar la labor del hogar. Para visibilizar su causa y captar la atención de los medios, concibió una idea tan extravagante como poética: cruzar el océano Atlántico a bordo de un coche flotante.

Durante años, adaptó un vehículo de segunda mano en el jardín de su casa. Intentó zarpar en 1978 y nuevamente en 1988, pero los permisos denegados y la falta de financiación frenaron el sueño una y otra vez. El tiempo, inexorable, comenzó a agotarse. En noviembre de 1998, a Giorgio le diagnosticaron un cáncer terminal; los médicos le dieron apenas unos meses de vida.

Giorgio Amoretti en su intento fallido de cruzar el Atlántico en coche en el año 1978/ AUTONAUTI

Fue entonces cuando sus hijos —Marco, Mauro y Fabio— comprendieron que debían tomar el relevo. El tiempo de los proyectos había terminado; era el momento de la ejecución. Compraron dos automóviles de segunda mano, los intervinieron con quillas metálicas, mástiles, teléfonos satelitales alimentados por energía solar y los rellenaron con toneladas de espuma de poliuretano expansiva para garantizar su flotabilidad. Camuflaron las modificaciones para evitar problemas legales y condujeron los bólidos hasta un rincón apartado de las Islas Canarias.

Aunque Giorgio planeaba inicialmente acompañarlos, el avance de la enfermedad se lo impidió. Con la lucidez de los patriarcas que entregan el testigo, le dijo a su hijo Marco: "Eres joven; es hora de que asumas mi proyecto como un regalo mío para ti". En su lugar, Marco de Candia se sumó a la tripulación para acompañar a los hermanos Amoretti en el salto al vacío.

Marco Amoretti y sus hermanos lanzaron los autos desde La Palma, España.

La mar océana: Entre el silencio, el peligro y la poesía del agua

El 4 de mayo de 1999, bajo el amparo de la oscuridad, los cuatro aventureros lanzaron los coches al mar desde el extremo sur de La Palma. Utilizaron motores fuera de borda para ganar aguas internacionales y, una vez consumido el combustible, entregaron su destino a los caprichos del viento y las corrientes.

Los primeros compases de la expedición rozaron el naufragio emocional y físico. Durante once días, atrapados en corrientes circulares, los coches giraron en círculos interminables. El mareo constante y el agotamiento extremo obligaron a Fabio y Mauro a aceptar el rescate en helicóptero. Pero los dos Marcos decidieron continuar. Izaron los mástiles y permitieron que las velas improvisadas atrajeran el empuje del Atlántico.

A partir de ese momento, el tiempo adoptó otra dimensión. Los días se convirtieron en un ejercicio de supervivencia y profunda comunión con el entorno. Aprendieron a descifrar los latidos del océano, a pescar plancton utilizando medias de mujer como cedazos para obtener vitamina C, y a turnarse la guardia para espantar a los tiburones que acechaban los chasis metálicos.

En tierra firme, la tensión era insostenible. Un periodista los bautizó premonitoriamente como los "autonautas", exploradores de una frontera insólita. Sin embargo, a finales de mayo, el teléfono satelital dejó de funcionar debido a la humedad. Para el mundo exterior, los jóvenes habían desaparecido en la nada; para ellos, supuso una liberación poética. Sin pantallas ni llamadas obligatorias, quedaron reducidos al ruido del viento, la sal en la piel y la vastedad de un horizonte azul infinito.

Secar pescado al sol, una de las prácticas de supervivencia que aplicaron los "Autonautas"

En Italia, la madre de Marco, Serenella Vianello, vivía en vilo entre las críticas de la prensa que tachaba la empresa de irresponsabilidad. En su lecho de enfermo, ajeno al pánico generalizado, Giorgio defendía a sus hijos con vehemencia ciega: "¡Sé que aunque cortaras ese coche en pedazos, flotaría!", le espetó a su esposa.

Tres días después del silencio tecnológico, Giorgio falleció. La coincidencia temporal pareció marcar un punto de quiebre cósmico. En alta mar, tras semanas de intentos desesperados, los jóvenes lograron reparar el sistema de energía solar y restablecer la comunicación. Cuando Serenella escuchó la voz de su hijo, contuvo la trágica noticia para no quebrantar el frágil equilibrio de la expedición en medio del océano.

El puerto de la memoria

Los cálculos originales se habían desvanecido. Lo que debía durar cuarenta días se transformó en una odisea de cuatro meses. En agosto, mientras la costa caribeña vislumbraba su cercanía, una violenta tormenta tropical azotó la zona con vientos huracanados y lluvias torrenciales que arrancaron todo lo mal sujeto en los vehículos. Los dos automóviles, maltrechos y oxidados por la intemperie, resistieron milagrosamente el embate de los elementos.

Poco antes del desembarco definitivo, Serenella finalmente le confesó a su hijo la verdad sobre el fallecimiento de su padre. Ese día, según recuerda Marco de Candia en su diario, el mar embravecido experimentó una tregua inexplicable. Las aguas se aquietaron por completo, como si el océano mismo guardara luto y ofreciera una pausa para digerir la pérdida.

La última foto de Marco y su padre Giorgio Amoretti antes de emprender la partida

El 31 de agosto de 1999, tras 119 días de navegación ininterrumpida, los dos automóviles flotantes tocaron tierra en la costa de Martinica. Una multitud de curiosos, periodistas y familiares —incluidos los hermanos de Marco que volaron desde Europa— los recibieron entre vítores y lágrimas. Ante los ojos del mundo, aquellos dos hombres de barbas tupidas, pieles tostadas y cuerpos castigados por la sal parecían náufragos espaciales llegados de otro planeta.

La hazaña de los autonautas trascendió la mera excentricidad mecánica. Se convirtió en una elegía sobre ruedas, un testamento de amor donde un hijo cumplió el designio postrero de su padre. Demostraron que cuando los sueños se arman con la precisión de la fe y el timón se sostiene con memoria familiar, no hay tormenta ni océano capaz de hundir aquello que el alma ha decidido mantener a flote.

El tiburón, que luego de ser avistado por De Candia, hizo que ambos hombres se mantuvieran intercambiando guardias.

Luis Miguel Flores
Con información de BBC.com
Fotos: Cortesía AUTONAUTI
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