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Noticia al Dia

El Museo Luis Chacón vibró al son de "El tenor del zulia y sus amigos"

FOTO/ COMPOSICIÓN: Luis Miguel Flores

El tiempo pareció detenerse a las cuatro de la tarde de este jueves 20 de agosto. Entre el murmullo habitual de la ciudad y el calor de la jornada, las puertas del Museo Luis Chacón —en pleno corazón de la Alcaldía de Maracaibo— se abrieron para dar paso a una experiencia distinta. No era una cita protocolar más; se trataba del bautizo, de la inauguración formal de los "Jueves Culturales", un espacio concebido para devolverle el pulso sensible al centro de la ciudad.

Para esta entrega inicial, el marco no pudo ser más idóneo: el recital "El tenor del Zulia y sus amigos", gestado, articulado y alimentado por la experiencia del maestro Oscar Valencia. Tenor lírico de nuestra tierra, nacido el 3 de mayo de 1965 y esculpido en la fragua académica del inmortal Alfredo Sadel, Valencia reunió a un puñado de voluntades para demostrar que la música en el Zulia no se guarda nada, que el canto es un tejido que une el pasado glorioso con la promesa del presente.

Beatriz Paz, el Maestro Óscar Valencia y Bárbara Dugarte Boscán, fueron los encargados de deleitarnos la tarde de este jueves.

El encargado de romper el hielo fue el licenciado Ramón Colina, desde la Dirección de Cultura de la Alcaldía, quien con unas breves palabras de bienvenida preparó el espíritu del público. La atmósfera, colmada de expectativa, pedía a gritos que el aire se llenara de acordes, y la respuesta fue un despliegue de sensibilidad que borró de un plumazo cualquier atisbo de cotidianidad.

Ramón Colina – Director de Cultura de la Alcaldía de Maracaibo

La cantera del Baralt: Dos voces para tejer la dicha

El evento llevaba un nombre claro, y la responsabilidad de encarnar esa feminidad hecha melodía recayó en dos jóvenes intérpretes dispuestas a abstraer a los presentes, a regalarles un paréntesis de felicidad pura a través de la música popular y venezolana. La encargada de abrir el fuego fue Bárbara Dugarte Boscán. Verla caminar hacia el escenario era ver a una adolescente de apenas 13 años, pero al momento en que sonó la primera nota, la edad se volvió una cifra irrelevante. Integrante de Canto Baralt —compañía residente del centenario Teatro Baralt, bastión inexpugnable de nuestra cultura—, Bárbara ofreció una lección de aplomo que dejó a más de uno con el aliento en suspenso.

Bárbaro Dugarte y Beatriz Paz.

Su repertorio fue una trilogía de matices. Interpretó Plegarias de Paz, Cosas del tiempo y Quiéreme siempre, paseándose por cada una con una voz de soprano sorprendentemente madura, llena de colores y matices aterciopelados que no suelen encontrarse en artistas de su generación. No fue solo cantar bien; fue la puesta en escena, la forma en que acompañaba cada frase con la mirada y los gestos, demostrando que las horas de ensayo en las tablas del Baralt no son en vano. Su actuación fue una demostración de que la disciplina, cuando se junta con el talento natural, produce milagros de una belleza aplastante.

A continuación, el escenario perteneció a Beatriz Paz. Otra joven promesa de la lírica zuliana que pisó el suelo del museo con una presencia magnética, sobria y dueña de un registro de soprano desbordante. Beatriz se adueñó del silencio del recinto para entregar dos obras de altísima exigencia emocional: Nuestra historia y Elevación. Lo que ocurrió durante su intervención fue una suerte de encantamiento. No había en su canto alarde gratuito ni pirotecnia vocal para buscar el aplauso fácil; había un torrente de voz canalizado por una sensibilidad transparente que construyó una atmósfera cálida, casi invisible, que abrazó a todos los rincones de la sala. Cuando la última nota de Elevación se disipó en el aire, la respuesta del público no fue otra que una ovación cerrada, un aplauso de esos que nacen del estomago y que ratifican que el canto zuliano tiene el futuro asegurado.

Siete estaciones de un tenor: Dejar el alma en el escenario

Pero el plato fuerte, la columna vertebral de la tarde, estaba reservada para el profesor Oscar Valencia. Con 50 años de caminata artística, 14 discos grabados e incontables escenarios pisados en Venezuela y el exterior, el maestro es una institución viviente. Su nombre no está ahí por azar; figura con letras de molde en el libro "Cien años del bolero" —editado en Colombia para el mundo— compartiendo honor con Don Mario Suárez y Felipe Pirela, completando la trilogía de zulianos inmortales en ese género.

Valencia no salió a cumplir un compromiso sino a entregarse por completo a través de un repertorio de siete canciones que fueron, al mismo tiempo, un viaje por la historia de la música latinoamericana y una lección magistral de vida. Arrancó con la elegancia porteña de Adios, el mítico tango de Mariano Mores, ejecutado con la cadencia y el dramatismo que exige el género. En una conversación posterior el maestro usó una frase que creo que define perfectamente su ética sobre las tablas: "Cuando salgo al escenario trato de dejarlo todo… riñones, sangre, sentimiento… entrega total". Y vaya si lo cumplió.

El segundo número de la tarde fue Si las flores pudieran hablar, de la autoría de Nelson Ned, donde la voz del tenor lució plena, dramática, desgarradora. El viaje continuó con Como violetas, la obra del italiano Nicola Di Bari —nacida originalmente como Come le viole de Peppino Gagliardi y Amendola—, permitiendo al tenor hacer gala de su manejo de la dinámica y el fiato, para luego desembocar en uno de los momentos más emotivos y patrimoniales de la jornada: la interpretación de El día que me quieras, la inmortal obra de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, donde el maestro recordó un concurso por los años 2000, cuando se eligió este tango como la canción más bella jamás escrita en español. La canción anglosajona en llevarse este mérito fue Unchained Melody, de la recordada banda sonora de la película Ghost.

Al abordar este tema, Valencia hizo una pausa para rescatar la memoria histórica que une a Maracaibo con el Zorzal Criollo. Recordó que esa misma pieza resonó el 18 de mayo de 1935 en el majestuoso Teatro Baralt e incluso en los espacios del Teatro Metro, cuando Gardel pisó suelo zuliano poco antes de su trágico final. Sobre esta canción, el profesor dejó una reflexión que flotó en el salón como una verdad absoluta: "El día que me quieras es una de las letras más hermosas, sentimentales y descriptivas de un sentimiento de todo el mundo y de todos los tiempos. Por eso es que yo nunca dejo de cantarla en mis presentaciones; siempre gusta a niños, a jóvenes y adultos. Es increíble, pero no pasa de moda y nunca pasará, es una letra que siempre llega a la mente y al corazón del público".

Pero la tarde también tuvo su espacio para la sonrisa y la complicidad de la anécdota viva. Al momento de interpretar las canciones del consagrado cantautor venezolano Rudy Márquez, Valencia compartió un episodio que vivió en sus años de juventud cuando compitió en Sábado Sensacional.

Resulta que las pistas musicales para su presentación las llevaba en una pequeña cinta magnética de reel, un formato profesional de la época, muy superior al casete, que solo poseían las emisoras, televisoras y estudios de grabación. "Me las metí en el bolsillo y cuando pasé por los rayos X del aeropuerto, como eso es magnético, los rayos X me las dañaron. Por eso llamé a Rudy quien me regaló esas canciones de él para que no perdiera la oportunidad de cantar en Sábado Sensacional, por eso es que lo llamo el hombre más desprendido del mundo", contó el maestro entre risas antes de acometer las difíciles interpretaciones de No lo puedes negar (autoría de otro gigante de la canción latina: Manuel Alejandro) y El amar y el querer. Al terminar esta última, que exige una potencia y un control del aire monumentales, el maestro confesó que en su momento le dijo entre bromas a su salvador: "Rudy, no sabía que tus temas eran tan difíciles de cantar".

Esta anécdota le sirvió al profesor para sentar cátedra sobre el verdadero oficio del cantante frente a un público que lo escuchaba en absoluto silencio: "Sabes por qué la interpretación es importante, porque una canción es una historia con música. ¿Cómo convences tú a la gente de esa historia? ¿con alardes vocales? No, la convences de la letra de la canción con una buena interpretación, con un buen sentimiento interpretativo".

En medio del diálogo fluido con los asistentes, surgió la interrogante inevitable sobre los nervios, sobre ese fantasma que acecha a todo el que decide subirse a una tarima. El maestro Valencia, lejos de guardarse el secreto o posar de superhombre, respondió con la humildad que solo da la verdadera maestría: "El nerviosismo es parte de la magia del cantante. El cantante que diga que no se pone nervioso antes de salir al escenario ha perdido gran parte de su sentimiento interpretativo, porque ese nerviosismo es el que le hace recordar a uno que tiene un compromiso y una responsabilidad delante del público. Además es algo humano, biológico, normal. El día que el cantante pierda todos esos detalles de la magia de la atmósfera del artista, es entonces cuando debe retirarse".

El cierre de la velada no pudo ser más calculado ni más brillante. Para culminar sus siete temas, el tenor eligió A dónde vas amor, del español Dyango, la única pieza de este repertorio que forma parte de sus grabaciones discográficas. Con la astucia del zorro viejo que conoce a la perfección los tiempos del escenario, confeso que el truco está en saber retirarse a tiempo, en dejar a la gente con las ganas de seguir escuchando. "Por la experiencia uno sabe cuándo se debe culminar el recital", remató. Y así, con el eco de la última nota flotando entre las paredes del Museo Luis Chacón, se bajó el telón de este primer Jueves Cultural, dejando a Maracaibo el dulce sabor de la memoria recobrada y la certeza de que el arte, cuando es sincero, no tiene vencimiento.




Texto/Fotos/Video: Luis Miguel Flores
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