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Dos meses después: La Guaira todavía busca a los suyos

Dos meses después, en La Guaira todavía hay lugares donde el silencio pesa más que las ruinas. El polvo se ha asentado sobre las calles, las máquinas han retirado toneladas de concreto y algunas familias han comenzado a reconstruir lo poco que quedó en pie. Pero el 24 de junio sigue presente. Está en las paredes partidas, en las casas que ya no pueden ser habitadas, en los negocios cerrados y, sobre todo, en las familias que todavía pronuncian el nombre de alguien que no regresó.

Aquel miércoles, la tierra sacudió Venezuela con dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5. El segundo tuvo su epicentro frente a las costas de La Guaira, y la violencia del movimiento convirtió edificios enteros en montañas de concreto, hierro y polvo. En pocos minutos, la vida cotidiana de miles de personas quedó enterrada bajo los escombros. Lo que vino después fue una carrera contra el tiempo: familiares, vecinos, rescatistas y voluntarios buscando con las manos, apartando piedras, llamando a gritos a quienes podían estar vivos debajo de las estructuras colapsadas.

Hoy, 24 de agosto, han pasado dos meses. Sesenta y un días desde aquella tarde. Y la cifra oficial de muertos sigue creciendo. El último balance divulgado por el Gobierno venezolano, el 10 de agosto, situó en 6.301 los fallecidos, 176 más que en el reporte anterior. Las autoridades también informaron que 73.356 personas habían sido atendidas en hospitales y que 53.314 viviendas habían sido inspeccionadas. De ellas, 31.336 fueron consideradas habitables, 12.411 quedaron bajo restricciones y 9.567 fueron clasificadas como de alto riesgo.

Pero las cifras, por enormes que sean, no consiguen explicar el dolor. Un número no dice quién era esa persona. No dice quién la esperaba en casa, quién guardaba su número en el teléfono, quién todavía conserva su ropa, quién dejó una taza sobre la mesa esperando que algún día vuelva a utilizarla. En La Guaira, cada cifra tiene un rostro, una familia y una historia que quedó partida aquella tarde.

Hay otra cifra que permanece en la incertidumbre: la de los desaparecidos. A casi dos meses del desastre, Venezuela todavía no dispone de un registro oficial público y actualizado que permita saber cuántas personas continúan sin ser localizadas. Las estimaciones independientes son muy diferentes entre sí y reflejan precisamente el vacío de información que enfrentan muchas familias.

Para quienes buscan a un familiar, esa incertidumbre puede ser más dolorosa que una certeza. La muerte, por terrible que sea, permite comenzar un duelo. La desaparición lo congela. Mantiene abierta una puerta, una llamada pendiente, una esperanza que se niega a morir. En los alrededores de los edificios destruidos todavía hay personas que preguntan por nombres, que enseñan fotografías, que buscan alguna señal entre los restos.

La tragedia también cambió la manera en que La Guaira mira sus propias calles. Los lugares que antes significaban descanso, trabajo, escuela o encuentro ahora recuerdan una pérdida. El turismo, una de las principales fuentes de ingresos del litoral, quedó severamente golpeado. Playas y balnearios que alguna vez estuvieron llenos de visitantes han permanecido vacíos, mientras pescadores, vendedores y comerciantes intentan encontrar una forma de sobrevivir sin la actividad que sostenía sus hogares.

También quedaron vacías las aulas. La emergencia educativa ha sido especialmente dura en La Guaira. Reportes recientes señalan que 116 escuelas del estado resultaron afectadas y que comunidades enteras tuvieron que improvisar espacios para que los niños pudieran continuar estudiando y, sobre todo, encontrar un lugar donde procesar lo que habían vivido.

Porque los niños también sobrevivieron al terremoto. Algunos perdieron compañeros. Otros perdieron maestros. Otros regresaron a una casa que ya no era su casa. Hay quienes aprendieron demasiado pronto que un edificio puede caer y que una familia puede desaparecer en cuestión de segundos. En algunas comunidades, docentes y vecinos han creado pequeñas escuelas improvisadas para devolverles algo parecido a la normalidad. No solo enseñan matemáticas o lectura: intentan devolverles una rutina.

Mientras tanto, las máquinas continúan retirando los restos de una ciudad herida. El Gobierno informó en agosto que cientos de miles de toneladas de escombros habían sido removidas. Pero cada camión que se lleva concreto también se lleva un pedazo de la vida que existía antes del terremoto. Debajo de esas toneladas estaban las cocinas, los dormitorios, los comercios, los álbumes familiares, los juguetes, las fotografías y los objetos pequeños que hacen que una casa sea un hogar.

La reconstrucción ha comenzado, pero reconstruir no es simplemente levantar paredes. El Gobierno ha anunciado viviendas, reparaciones y programas de recuperación. Hasta el último balance disponible, 287 viviendas habían sido entregadas a familias afectadas. El Estado también había evaluado decenas de miles de inmuebles para determinar cuáles podían ser recuperados y cuáles representaban un peligro.

La economía también tendrá que reconstruirse. El Banco Mundial ha estimado pérdidas físicas directas de unos 19.600 millones de dólares, una dimensión que ayuda a comprender que el terremoto no fue solamente una tragedia humana sino también un golpe profundo para la infraestructura y la economía venezolana.

Pero en La Guaira hay una cuenta que ningún informe económico puede cerrar.

Es la cuenta de los ausentes.

Los que no volvieron.

Los que todavía son buscados.

Los que fueron identificados después de días o semanas.

Los que dejaron una silla vacía en una mesa familiar.

Los que tuvieron que ser reconocidos por una fotografía, una prenda de vestir o un documento encontrado entre los escombros.

La historia de algunos sobrevivientes es también una historia de pérdida. Hermanos que participaron durante semanas en la búsqueda de sus propios familiares. Padres que recorrieron hospitales. Hijos que esperaron noticias. Familias que tuvieron que decidir, en medio de la devastación, dónde dormir, qué comer y cómo seguir respirando después de haber perdido a quienes amaban. Historias recientes de sobrevivientes muestran hasta qué punto el terremoto dejó una herida que continúa mucho después de que terminó el movimiento de la tierra.

La Guaira intenta volver a caminar. Algunos comercios comienzan lentamente a abrir. Hay calles donde la vida empieza a recuperar su ritmo. Hay niños que vuelven a jugar. Hay vendedores que regresan a sus puestos. Hay pescadores que miran nuevamente hacia el mar. Son pequeñas señales de una ciudad que se resiste a quedarse detenida para siempre en aquel 24 de junio.

Pero volver a la normalidad no significa olvidar.

Significa aprender a vivir con una ausencia.

Significa reconstruir una casa sabiendo que alguien que la habitaba ya no estará detrás de la puerta.

Significa volver a una escuela donde faltan compañeros.

Significa caminar por una calle y recordar que allí, hace apenas dos meses, una familia esperaba que alguien saliera con vida.

Por eso, dos meses después, La Guaira no solamente cuenta muertos, viviendas destruidas o toneladas de escombros retiradas. Cuenta historias. Cuenta fotografías. Cuenta nombres. Cuenta los días que han pasado desde la última vez que alguien vio a un ser querido.

La tierra dejó de temblar aquella tarde.

La ciudad, sin embargo, todavía tiembla por dentro.

Y mientras Venezuela intenta reconstruir sus edificios, sus escuelas, sus negocios y sus calles, hay miles de familias que enfrentan una reconstrucción mucho más difícil: aprender a vivir en un mundo donde alguien que amaban ya no está.

Dos meses después, los escombros pueden retirarse.

Las paredes pueden levantarse.

Las playas pueden volver a llenarse.

Las escuelas pueden abrir sus puertas.

Pero hay pérdidas que no se reconstruyen.

En La Guaira, el terremoto terminó hace dos meses.

El duelo apenas comienza.

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